OpenAI reduce su plan de gasto en computación a 600.000 millones de dólares
OpenAI ha actualizado sus planes de inversión: de aquí a 2030 la compañía pretende gastar unos 600.000 millones de dólares en capacidad de cómputo, una cifra revisada a la baja. Al mismo tiempo, impulsa una ronda de financiación que podría superar los 100.000 millones de dólares. Su previsión de ingresos para 2030 supera los 280.000 millones de dólares, y se espera que los segmentos de consumo y empresa aporten una parte aproximadamente igual. La nueva estrategia de gasto queda ahora vinculada directamente al crecimiento esperado de los ingresos.
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Seiscientos mil millones de dólares: esa es la cifra que OpenAI considera ahora suficiente para construir la infraestructura de cómputo con la que sueña. La paradoja es que supone un recorte de ambiciones: hace poco, los planes de gasto de capital en cómputo de la compañía de Sam Altman parecían aún mayores. Pero incluso la cifra revisada sigue siendo astronómica y supera el PIB anual de la mayoría de los países del mundo.
Según el medio chino 36Kr, que cita fuentes cercanas a las negociaciones, OpenAI está actualizando para los inversores sus planes de gasto de capital a largo plazo (算力支出, suànlì zhīchū, literalmente «gasto en potencia de cómputo»). El objetivo hasta 2030 se sitúa ahora en unos 600.000 millones de dólares. En paralelo, la empresa impulsa una nueva ronda de captación de capital que podría superar los 100.000 millones de dólares, lo que por sí solo sería la mayor operación de financiación privada en la historia de la industria tecnológica.
Para entender el contexto de esta decisión conviene recordar con qué rapidez ha cambiado la trayectoria financiera de OpenAI en los últimos dos años. La compañía, que en 2023 generaba unos ingresos relativamente modestos, alcanzó a comienzos de 2025 varios miles de millones de dólares de ingresos anuales. Ahora, su previsión apunta a que los ingresos acumulados superarán los 280.000 millones de dólares en 2030. Eso significa que la empresa cuenta con entrar entre las diez mayores corporaciones tecnológicas del mundo por volumen de ventas, apenas unos años después de su debut comercial.
La estructura de los ingresos esperados resulta especialmente llamativa. Según las fuentes, los segmentos de consumo y empresa de OpenAI deberían aportar una contribución aproximadamente igual a los ingresos totales. Es una señal importante: la compañía ya no apuesta exclusivamente por las suscripciones de ChatGPT para el público masivo. La vertiente corporativa (API para desarrolladores, soluciones a medida para empresas, integraciones en sistemas corporativos) se considera un motor de crecimiento equivalente. En la práctica, OpenAI construye un modelo de dos motores en el que B2C y B2B se equilibran entre sí y reducen la dependencia de una sola fuente de ingresos.
El cambio clave de la estrategia actualizada es que el gasto se vincula a los ingresos previstos. Las fuentes familiarizadas con las negociaciones subrayan que los planes de inversión están ahora «más directamente ligados al crecimiento esperado de los ingresos». Puede parecer un principio obvio para cualquier empresa, pero para OpenAI es un giro significativo.
Hasta hace poco, la lógica de Altman y su equipo seguía el principio de «primero la infraestructura, después la monetización»: las inversiones masivas en clústeres de GPU y centros de datos se veían como condición necesaria para crear modelos cada vez más potentes que luego encontrarían uso comercial. Ahora se ofrece a los inversores una lógica financiera más tradicional, en la que el gasto se justifica con proyecciones concretas de ingresos.
Este giro no es casual. A pesar del entusiasmo que persiste por la IA, el mercado de capital riesgo y capital estratégico se vuelve más exigente a la hora de justificar las inversiones. Cuando se habla de una ronda de más de 100.000 millones de dólares, hasta los inversores más leales, ya sean SoftBank, Microsoft o los fondos soberanos de Oriente Medio, quieren ver un vínculo claro entre lo que aportan y lo que recuperan. Bajar el objetivo de gasto desde referencias anteriores más altas hasta los 600.000 millones es, en esencia, un gesto de disciplina financiera, una señal de que OpenAI está dispuesta a pensar no solo en términos de avance tecnológico, sino también de negocio sostenible.
Aun así, la palabra «reducción» es muy relativa aquí. Seiscientos mil millones de dólares en infraestructura de cómputo a cinco años equivalen aproximadamente al gasto de capital conjunto de todas las grandes tecnológicas del mundo en un periodo similar. A modo de comparación, Microsoft, el mayor inversor de OpenAI, planea gastar unos 80.000 millones de dólares solo en centros de datos en el año fiscal 2025. Google, Amazon y Meta* también aumentan su inversión en infraestructura, pero ni siquiera sus planes combinados alcanzan la escala que señala OpenAI.
Surge una pregunta lógica: ¿de dónde saldrá el dinero? Incluso si la ronda de 100.000 millones de dólares se concreta, cubriría solo una pequeña parte de las necesidades declaradas. Es evidente que OpenAI cuenta con una combinación de sus propios ingresos crecientes, inversiones de socios como Microsoft y otros aliados estratégicos y, probablemente, financiación mediante deuda y alianzas de infraestructura con operadores de centros de datos. No se descarta que parte del gasto se reparta a través de empresas conjuntas, como el proyecto Stargate, anunciado a comienzos de 2025.
Para la industria de la IA en su conjunto, esta revisión de los planes de OpenAI envía una doble señal. Por un lado, la compañía confirma que la carrera por la capacidad de cómputo continúa y que la escala de la inversión seguirá siendo sin precedentes. Por otro, el mero hecho de ajustar a la baja indica que incluso el líder del mercado empieza a ajustar sus ambiciones a la realidad.
La era del optimismo desbordado, en la que cualquier petición de capital en IA se atendía sin preguntas incómodas, cede poco a poco ante otra en la que los inversores quieren ver el camino hacia la rentabilidad. Y esa es, quizá, la señal más sana que el mercado podía recibir.
*Meta está reconocida como organización extremista y prohibida en Rusia.
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