El Tribunal Supremo de EE. UU. zanja el debate: la inteligencia artificial no tendrá derechos de autor
El Tribunal Supremo de EE. UU. rechazó el recurso del científico Stephen Thaler, que intentaba registrar los derechos de autor de una imagen creada por su algoritmo. El caso se arrastraba desde 2019, cuando la Oficina de Derechos de Autor se negó por primera vez a registrar la obra «A Recent Entrance to Paradise» por la ausencia de autoría humana. La decisión del Supremo consolida de hecho un precedente legal: las obras creadas íntegramente por IA, sin intervención humana, no pueden protegerse con derechos de autor en EE. UU. Es una señal clave para toda la industria de la IA generativa.
Procesado por IA desde The Verge; editado por Hamidun News
La odisea jurídica de seis años de un informático de Misuri terminó el lunes con una decisión breve y tajante: el Tribunal Supremo de Estados Unidos se negó a examinar el caso sobre el copyright de obras creadas por inteligencia artificial. Sin comentarios, sin matices, sin esperanza de revisión. Las obras generadas íntegramente por una máquina no son objeto de derechos de autor, y ya no es solo la postura de un organismo, sino un principio fijado de hecho en la más alta instancia judicial.
Todo empezó en 2019, cuando Stephen Thaler presentó ante la Oficina de Derechos de Autor de EE. UU. una solicitud para registrar una imagen titulada «A Recent Entrance to Paradise». La particularidad era que Thaler no se nombraba a sí mismo como autor, sino a un algoritmo creado por él, un sistema de inteligencia artificial llamado Creativity Machine. Thaler se presentaba solo como propietario de la máquina y sostenía que la autoría correspondía al algoritmo y que los derechos debían pasar a él como creador del sistema, bajo el principio de «obra por encargo». La Oficina rechazó la solicitud y señaló un requisito fundamental: para obtener copyright, la obra debe ser fruto de la creatividad humana.
Thaler no se rindió. En 2022 la Oficina revisó de nuevo su solicitud y llegó a la misma conclusión: la imagen carece de «autoría humana» y, por tanto, no puede protegerse con derechos de autor. El científico acudió a los tribunales federales, pero también perdió: el tribunal de distrito del Distrito de Columbia respaldó la postura de la Oficina y el tribunal de apelaciones mantuvo esa decisión. Quedaba el Tribunal Supremo, que el lunes 2 de marzo rechazó, sin mayores explicaciones, la petición de revisión de Thaler.
Conviene entender el contexto de esta decisión. Desde que Thaler presentó su primera solicitud, la industria de la IA generativa ha crecido de forma explosiva. Millones de personas usan a diario DALL-E, Midjourney, Stable Diffusion y otras herramientas para crear imágenes, textos, música y vídeo. La pregunta de a quién pertenecen los derechos de estas obras ha pasado de ser académica a ser un problema práctico urgente. Las empresas construyen modelos de negocio en torno al contenido generativo, los artistas acusan a los desarrolladores de usar sus obras para entrenar modelos y los abogados intentan averiguar hasta dónde llegan leyes de derechos de autor centenarias ante una tecnología radicalmente nueva.
Aunque es escueta, la decisión del Supremo deja claras varias cosas. No significa que cualquier contenido creado con ayuda de IA pierda automáticamente la protección legal. La Oficina de Derechos de Autor de EE.
UU. ya ha desarrollado un enfoque más matizado: si una persona aporta una contribución creativa suficiente, como redactar el prompt, editar el resultado o componer los elementos, la obra puede obtener protección parcial. El precedente de la novela gráfica «Zarya of the Dawn» en 2023 lo confirmó: el texto y la composición de las páginas obtuvieron copyright, mientras que las imágenes sueltas generadas con Midjourney no.
El caso de Thaler era radicalmente distinto: excluyó deliberadamente al ser humano del proceso creativo para comprobar si una máquina podía ser autora por sí misma. La respuesta fue inequívoca: no.
Para la industria, la decisión tiene consecuencias de largo alcance. Las startups que venden generación de contenido totalmente automatizada no podrán contar con la protección del copyright para sus productos. Eso crea una situación paradójica: una empresa puede gastar millones de dólares en entrenar un modelo, pero el resultado acabará en el dominio público, al alcance de cualquiera que quiera copiarlo. Por otro lado, favorece un enfoque en el que la IA es una herramienta en manos de una persona y no un creador autónomo, y quizá ese modelo de interacción sea el más productivo tanto para el negocio como para la cultura.
Cabe señalar que el precedente estadounidense influirá inevitablemente en los debates jurídicos de otras jurisdicciones. La Unión Europea, China, Japón y otros países aún están definiendo su propio enfoque para regular la IA generativa, y la postura de la máxima instancia judicial de la mayor economía del mundo será un argumento de peso. En Rusia, donde los derechos de autor sobre el contenido de IA todavía no tienen un marco legal claro, la experiencia estadounidense también se estudiará con atención.
El desenlace de la lucha de seis años de Stephen Thaler era previsible, pero no por ello menos significativo. El Tribunal Supremo no cambió las reglas del juego: confirmó que el derecho de autor sigue siendo un privilegio humano. La inteligencia artificial puede crear obras maestras, pero jurídicamente no son de nadie. Y mientras los legisladores no decidan otra cosa, la mano humana sobre el teclado, o al menos una idea humana detrás del prompt, seguirá siendo la frontera entre una obra protegida y un limbo digital sin dueño.
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