OpenAI se mete en la farmacia: Sam Altman quiere su parte de los medicamentos
Sam Altman aparentemente finalmente se dio cuenta de que las suscripciones de veinte dólares al mes no te llevarán muy lejos cuando tus facturas de…
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Sam Altman aparentemente finalmente se dio cuenta de que las suscripciones de veinte dólares al mes no te llevarán muy lejos cuando tus facturas de electricidad y chips NVIDIA se miden en miles de millones. Mientras todo el mundo debate cómo GPT-5 escribirá ensayos, el jefe de OpenAI está mirando el mercado más lucrativo e inflexible del planeta—la industria farmacéutica. La idea es simple y cínica al mismo tiempo: la empresa está lista no solo para proporcionar acceso a su tecnología, sino efectivamente actuar como inversor de riesgo para quienes buscan nuevos métodos de tratamiento.
En lugar de cobrar por el uso de tokens, OpenAI quiere recibir un porcentaje de las futuras ventas de medicamentos. El contexto aquí es más importante que la noticia en sí. Desarrollar un nuevo medicamento hoy es un casino donde la apuesta es dos mil millones de dólares y el ciclo de desarrollo se extiende durante diez años.
La mayoría de ese dinero se va en probar variaciones que finalmente no funcionan. La IA promete acortar ese camino muchas veces. Google con su división DeepMind ya ha estado en este campo durante mucho tiempo, creando Isomorphic Labs, pero Altman propone un esquema diferente.
Quiere crear un ecosistema donde OpenAI asuma los riesgos computacionales a cambio de regalías a largo plazo. Esto convierte una empresa de TI en un socio de pleno derecho de Big Pharma que comparte tanto los riesgos como las ganancias colosales. Este enfoque cambia radicalmente las reglas del juego en la industria.
Anteriormente, los modelos de IA se percibían como una herramienta, como un microscopio avanzado o una calculadora potente. Ahora Altman está reclamando coautoría intelectual. Si el modelo ayudó a encontrar una molécula que cura una enfermedad rara, ¿por qué el desarrollador del modelo debería conformarse con unos pocos centavos por solicitud?
Este es un paso lógico en la evolución de OpenAI: de una startup puramente tecnológica a un conglomerado global que controla activos intelectuales clave en medicina y biología. Para startups de biotecnología, esta oferta parece un pacto con el diablo. Por un lado, obtienen acceso a poder computacional y modelos que no pueden pagar.
Por otro—ceden parte de su futura independencia y beneficio a una empresa que ya busca dominar todas las esferas. Altman enfatiza que aún no existen tales acuerdos, pero la publicidad misma de esta declaración sugiere que las negociaciones a puerta cerrada ya están en pleno apogeo. La pregunta es cuánto permitirán los reguladores que OpenAI monopolice el proceso de descubrimiento de nuevos conocimientos.
Si una empresa posee las claves para crear la mayoría de nuevos medicamentos, creará una palanca sin precedentes sobre el sistema de salud. Pero tales trivialidades es poco probable que detengan a Sam Altman—su objetivo siempre ha sido más amplio que simplemente crear un chatbot. Está construyendo el fundamento para un mundo donde cualquier pensamiento o descubrimiento valioso tiene un impuesto incorporado a favor de OpenAI.
En resumen: OpenAI se está transformando de un proveedor de software en un fondo de inversión con una supercomputadora en su núcleo. ¿Está la industria lista para pagar un impuesto de inteligencia a Sam Altman?
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